Necesito tiempo. Espacio. Respirar hondo. Volver a la carga. Ganar. Y seguir ganando. Necesito ser grande, enorme, monstruosamente increíble. De estas personas que ves de donde han salido, y solo tienes ganas de temblar; porque en el fondo de ti, sabes que van a acabar contigo, que te van a destrozar de tal manera que solo queden unos pedazos pequeños de tu autoestima en el fondo de un vaso de plástico, junto con posos de vino de cartón ácido. Es una carrera de obstáculos, en la que la presión es demasiado grande como para perder, para ganar, o para darse por vencido; porque hagas lo que hagas, va a estar de menos.
Y siempre necesitar más, más, y más, sin saber como conseguirlo, como pedirlo. Solo saber que, cada vez que te vayas a dormir, esas ansias de querer llegar a la cima serán quienes te den las buenas noches, quienes te despierten gritando de madrugada, y quienes te dejen dormir con el ceño fruncido. Ahora, ahora es el momento de olvidarse de los que te odian, y envolverse en los que siempre estuvieron allí. Es el momento de no contar con nadie, salvo contigo mismo. Porque sabemos que somos eternos, inagotables, impredecibles.
Y es ahora, o nunca.
Nadie apuesta por nosotros. Somos un cero a la izquierda en la sociedad, sin voz y, de momento, sin voto. Solos la raíz de todos los problemas, de todos los males, el desorden personificado. Incoherentes, maleducados, caprichosos, desesperados, perdidos, hundidos, viciosos, y poco ambiciosos. Mentira. Así nos quieren pintar desde hace demasiado tiempo, dándonos tan solo una oportunidad para brillar, pero de forma anónima. Siete pruebas, ni una más, ni una menos, en menos de cuarta y ocho horas. Siete metas, siete estados de hora y media de tensión total, de nervios a flor de piel, de replantearse hasta las veces que respiras por minutos, sin saber si son suficientes, o vas sobrante. No tienes a nadie, tan solo a ti mismo.
Dicen que es la cima de tu conocimiento personal, que después de pasar por eso, realmente sabes quien eres, de lo que eres capaz. Y eso es aterrador. Pero, ¿quién no ama lo que da miedo? Confiamos demasiado en nuestros instintos como para sacar el dedo de la llaga. Necesitamos hacerlo, probarnos, retarnos. Pero además, yo necesito ganar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario